
Llegan a la costa y ahí que pase el más hábil o el de más fortuna; hasta en éstas el azar juega sus cartas. Se amontonan en la pequeña embarcación y se lanzan a la noche y a la mar, y allí que pase lo que tenga que pasar. Todavía no entiendo qué es lo que esperan aquí, aunque puede que sí lo sepa.
España es la primera etapa, tal vez ya no; normalmente buscan, buscaban, seguir más arriba. Saben lo que les espera: rechazo, ninguna acogida, marginalidad, explotación, desarraigo...; pero da igual, esos son los precios de estar en el privilegio y con los privilegiados. No tienen miedo al futuro –es algo inventado por los banqueros-, porque a lo único que tienen miedo es al miedo, o a la irresponsabilidad con que los europeos somos cómplices en la destrucción de sus culturas y entidades políticas, mediante la protección y complicidad con los saqueadores y expoliadores de sus propios pueblos, con Estados convertidos en fincas, mientras en las costas africanas esperan a miles un cayuco o saltar la bendita valla para entrar aquí, en ese mundo que tiene el ánima por el suelo.
A mi alrededor jóvenes y no tan jóvenes, con cultura, con buenos estudios, bien alimentados con manjares de plástico, con sueños de plástico. De plástico es el paraíso del primer mundo. En esta civilización donde las cosas importan cada vez más y las personas cada vez menos; donde los pobres de verdad son los que no tienen tiempo para perder el tiempo, donde los pobres de verdad son los que comen basura y pagan como si fuera comida, donde la libertad consiste en elegir entre uno u otro canal de televisión, donde los auténticos pobres son los que no saben que son pobres; en nada se parece esto a lo que esperábamos.
Estamos deprimidos y vamos en bandadas al psicólogo .Acudimos a actos culturales o festivos llamados solidarios, pero vamos sólo por el acto de ir, no para crecer por dentro. Nos debatimos en ese materialismo que casi nos han impuesto y del que tan difícil es escapar, pero luego no lo rechazamos.
España ha sido tradicionalmente un país de emigración. Ahora, sin embargo, la sociedad española presenta una imagen de nuevos ricos, nuevos líderes y nuevos europeos. Y la mezcla de las tres cosas es explosiva. Esto es manifiesto y cualquiera que esté atento a la realidad que nos rodea comprenderá muy bien lo que digo: la indiferencia con la que se contempla la llegada de cayucos a las costas españolas... Seguramente, muy pronto, habrá viajes programados a Canarias, Algeciras o Tarifa para ver y fotografiar los naufragios de las pateras. ¡Será el turismo interior! ¿Por qué no ha de ser posible? ¿Acaso no han convertido el desierto murciano o andaluz en campos de golf? Tiempo al tiempo.