7 jul. 2008

¡COMO UN JAZMÍN MORENO!



Pequeño como un jazmín moreno.Pequeños los ojos, las manos, los pies. Pequeño, muy pequeño, el camino recorrido. Con el tiempo corto, muy corto, apretado en los ojos. Boca arriba, queriendo respirar estrellas. Sin aire el aire. Sin perfiles la sangre. Sin postura el alma. Muerto. Definitivamente muerto. Muerte a la medida de su cuerpo pequeño como un jazmín moreno.

Lo ha matado una bomba. Una bomba que no entiende de niños. Una bomba que nunca será madre. Perita en muertes. Explotada de miseria. Bomba buscadora de niños que encuentra fácilmente el cuerpo pequeño como un jazmín moreno.

Toda la existencia diminuta descansa sobre la primera página de los periódicos. Sudario de papel para un niño que hubiera preferido la tipografía de la inocencia. Niño llanto para madres protectoras, para padres machos que llorarán por dentro, para niños que seguirán jugando a la pelota.

Niño resumen de prensa que leerán políticos que no condenan las bombas, que contemporizan con la guerra porque sus acciones cotizan en bolsa. Los cañones siembran muerte y siegan dinero y hay que cuidar la cosecha porque la guerra da de comer a muchas bocas. Total, nadie sentirá el regusto de un niño muerto cuando se mezcle con el sabor de una langosta.

Pequeño como un jazmín moreno. Muerto con una bomba en el centro de gravedad de sueños abreviados. Gateaba hacia la vida. Se habría doctorado en aires azulados, en rosas luminosas, en claveles elegantes. Pero lo encontró una bomba, escondido en su llanto como en un vientre amniótico. Y le reventó la esperanza y su hombría primigenia y los proyectos de la sangre.

Pequeño como un jazmín moreno. Con un chupete fusilado sobre el pecho. Chupete lugarteniente de madre primeriza, sustituto de pecho blanco y caliente, sinónimo de mujer orgullosa de ser planeta que engendra.

Lo enterrarán de blanco como un regalo, como un juguete para que presuman las estrellas. Lo encontrarán con las manos abiertas, soltándose de la vida, lleno de besos limpios para que comparta la última leche con lunas de ojos orientales.

Y se llevará el chupete sobre el pecho, primera y última condecoración, recuerdo de la impotencia de las bombas. Y el mundo, sin saberlo, se habrá quedado huérfano de niños, extenuado de ilusiones, vacío de futuro. Desde hoy nos faltarán chupetes para sembrarlos en el pecho de la tierra. Pasarán hambre las estrellas y llorarán las lunas extraviadas. Sólo nos quedará un chupete testimoniando el rotundo fracaso de las bombas.




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